Náufrago
De niño viví en una isla desierta. Llegué ahí porque no tenía otro lugar para vivir. Estaba mi casa, claro, pero yo prefería vivir en el patio trasero, donde estaba la isla. Era una isla enorme. O muy pequeña, dependiendo del día. Me tiraba a tomar el sol durante horas, le cambiaba la forma a las nubes, escuchaba a los insectos escarbar bajo la tierra. Clic-clic, hacían algunos. A veces me entraba la angustia y deseaba tener a alguien más ahí conmigo. No sé, alguien con quien hablar sobre el cielo o sobre el olor que tienen algunas cosas. Pero creo que así fue mejor, hubiese terminado cansado de hablar de lo mismo todo el tiempo. Fuera de eso, se vivía muy bien. El único problema que tienen las islas desiertas es que no hay para comer. Cuando me daba hambre tenía qué ir hasta la cocina a pedirle algo a mi madre, quien siempre me preguntaba en qué cosas andaba metido. Yo le decía cualquier cosa, que el fútbol, que policías y ladrones, que la bici. Nunca sobre la isla. La boba siempre picaba.
A veces el mar rugía tan duro que no me dejaba pensar. Tenía entonces que voltear a verlo. El mar es como un niño pequeñito, te jode si no le pones atención. Así pasaba algunas tardes, viendo el mar desde la isla. No era como en las películas, deben saber. Miles de monstruos marinos podían verse desde la orilla. Algunos con dientes enormes, otros con cientos de ojos. Sus tentáculos kilométricos me provocaban pesadillas. Teniendo cosas mejores qué hacer, no sé por qué los veía. Quizá es que también me provocaban lástima; tan lejos, tan helados. A veces el mar se calmaba lo suficiente como para dejar escuchar algún grito, el llanto de algún monstruo de mi mar.
Una de esas tardes a la orilla, me quedé dormido. Cerré los ojos un momento y me hundí en la más profunda oscuridad. Cuando me di cuenta, el mar ya me había arrastrado. Traté de nadar de regreso a la orilla, de regreso a la arena tibia. No sirvió de nada. Entre más fuerte nadaba, más viscosas se volvían las aguas. Me dejé llevar. Aquellos quejidos que a veces se escuchaban comenzaron a oírse más y más fuerte. Y no solo eso, también comencé a entenderlos. Hice un hogar de aquél frío. Todavía puedo ver la isla; muy pequeña, claro. Recuerdo cómo se sentía el sol en la cara, la blancura de las nubes, el clic-clic subterráneo. A veces me dan muchas ganas de volver, pero luego pienso en mi madre y me arrepiento. Pienso en ella haciendo sándwiches en la cocina y en sus preguntas de detective. Prefiero dejarlo así, no asustarla con mis tentáculos.
Náufrago
De niño viví en una isla desierta. Llegué ahí porque no tenía otro lugar para vivir. Estaba mi casa, claro, pero yo prefería vivir en el patio trasero, donde estaba la isla. Era una isla enorme. O muy pequeña, dependiendo del día. Me tiraba a tomar el sol durante horas, le cambiaba la forma a las nubes, escuchaba a los insectos escarbar bajo la tierra. Clic-clic, hacían algunos. A veces me entraba la angustia y deseaba tener a alguien más ahí conmigo. No sé, alguien con quien hablar sobre el cielo o sobre el olor que tienen algunas cosas. Pero creo que así fue mejor, hubiese terminado cansado de hablar de lo mismo todo el tiempo. Fuera de eso, se vivía muy bien. El único problema que tienen las islas desiertas es que no hay para comer. Cuando me daba hambre tenía qué ir hasta la cocina a pedirle algo a mi madre, quien siempre me preguntaba en qué cosas andaba metido. Yo le decía cualquier cosa, que el fútbol, que policías y ladrones, que la bici. Nunca sobre la isla. La boba siempre picaba.
A veces el mar rugía tan duro que no me dejaba pensar. Tenía entonces que voltear a verlo. El mar es como un niño pequeñito, te jode si no le pones atención. Así pasaba algunas tardes, viendo el mar desde la isla. No era como en las películas, deben saber. Miles de monstruos marinos podían verse desde la orilla. Algunos con dientes enormes, otros con cientos de ojos. Sus tentáculos kilométricos me provocaban pesadillas. Teniendo cosas mejores qué hacer, no sé por qué los veía. Quizá es que también me provocaban lástima; tan lejos, tan helados. A veces el mar se calmaba lo suficiente como para dejar escuchar algún grito, el llanto de algún monstruo de mi mar.
Una de esas tardes a la orilla, me quedé dormido. Cerré los ojos un momento y me hundí en la más profunda oscuridad. Cuando me di cuenta, el mar ya me había arrastrado. Traté de nadar de regreso a la orilla, de regreso a la arena tibia. No sirvió de nada. Entre más fuerte nadaba, más viscosas se volvían las aguas. Me dejé llevar. Aquellos quejidos que a veces se escuchaban comenzaron a oírse más y más fuerte. Y no solo eso, también comencé a entenderlos. Hice un hogar de aquél frío. Todavía puedo ver la isla; muy pequeña, claro. Recuerdo cómo se sentía el sol en la cara, la blancura de las nubes, el clic-clic subterráneo. A veces me dan muchas ganas de volver, pero luego pienso en mi madre y me arrepiento. Pienso en ella haciendo sándwiches en la cocina y en sus preguntas de detective. Prefiero dejarlo así, no asustarla con mis tentáculos.
Posted 4 months ago